El clima, como un sabio silencioso, guía la vida de los pueblos. Enseña a vestir y a comer, a jugar y a hablar, a construir los días y a cobijar las noches. Cada rincón del mundo lleva su huella: en la comida que se sirve humeante en la mesa, en la ropa que abriga o refresca, en las casas que protegen y en las canciones que se cantan cuando el alma recuerda.
Yacuiba, esa tierra cálida y generosa, guarda en su corazón un verano distinto, marcado por la lluvia abundante que lo pinta todo de verde. Es una lluvia que no avisa, que llega sin pedir permiso, montada sobre nubes oscuras que de pronto apagan el cielo. En cuestión de minutos, el mundo cambia.
El sol se esconde, el aire se llena de aroma a tierra mojada, y el cielo, como un cántaro colmado, derrama su agua sobre los tejados, los árboles y las calles. Las gotas caen como si la naturaleza entera se hubiera puesto a cantar.
Entonces, los niños que jugaban en la calle corren a refugiarse, como pajaritos sorprendidos por el aguacero. Las risas se trasladan bajo techo, y en ese nuevo escenario, la imaginación florece como las flores silvestres tras la lluvia.
Se escucha entonces aquella canción antigua, entonada por voces pequeñas pero llenas de mundo:
“Que llueva, que llueva,
la vieja está en la cueva,
los pajaritos cantan,
la luna se levanta.
Que sí, que no,
que caiga un chaparrón.”

Cada palabra es una semilla de infancia que brota en el alma. Mientras unos cantan, otros, con manos inquietas y ojos brillantes, comienzan a crear.
Del papel, de restos de cartón o madera, nacen barcos, lanchas, vapores. Pequeñas embarcaciones construidas con ilusión, con el deseo de navegar por mares inventados, por ríos que sólo existen en la vereda. Cada uno le da a su barquito un nombre, un color, una identidad. Son reflejo de sus sueños, de su deseo de ir más allá, de alcanzar lo que aún no tiene nombre.
Y cuando la lluvia comienza a dar sus últimas notas, como quien se despide con dulzura, los niños vuelven a salir. Las calles se han convertido en riachuelos, y en ellos empieza la gran competencia. Cada niño suelta su nave en el agua, y corre a su lado como si acompañara un velero por los mares del sur.
Hay gritos de emoción, hay risas desbordadas, hay ojos que siguen con fervor la travesía. Cada barco lleva en su viaje un pedazo del corazón de su dueño, una chispa de esperanza, una promesa de futuro.
Eran esas, en verdad, travesías por los cauces de la vida. Eran sueños despiertos, navegando bajo un cielo recién lavado por la lluvia. Eran estampas vivas de una infancia sin prisa, de un pueblo que sabía jugar con el alma.
Así era nuestra Yacuiba de ayer: tierna, traviesa, creadora de mundos con sólo un poco de agua y mucho corazón.
BARQUITOS DE LLUVIA
Llueve en Yacuiba,
y el cielo se apaga
como lámpara antigua
cubierta de agua.
Las nubes susurran,
el viento se calla,
y el pueblo se viste
de verde esperanza.
La lluvia dibuja
caminos de río
y esconde a los niños
debajo del nido.
Se enciende el abrigo,
las risas al techo,
y nace en la sombra
un juego perfecto.
“Que llueva, que llueva”,
se escucha cantar,
la vieja en su cueva,
la luna al mirar.
Las manos pequeñas,
con arte sencillo,
fabrican sus sueños
de barco y de brillo.
Con papel y corcho,
con cinta y cartón,
nacen embarcaciones
de puro corazón.
Y cuando la lluvia
se marcha en puntillas,
los niños regresan
con alma encendida.
Suelta cada uno
su nave encantada,
la empuja en el agua
de calle y de nada.
Y grita su nombre,
la sigue, la guía,
como si el destino
jugara ese día.
Los barcos avanzan,
pequeños, valientes,
llevando en sus velas
infancias presentes.
Eran travesías
de sueños al viento,
juegos que tejían
el tiempo y el tiempo.
Así era mi pueblo,
cuando aún era niño:
la lluvia, los barcos…
y Dios como testigo.

Cortesía de: Walter del Carpio