
Captación de aguas potables – Yacuiba, abril de 1949. Registro fotográfico del proceso de construcción del sistema de abastecimiento hídrico impulsado por la alcaldía de Eduardo Chamón. (Archivo: Dr. Juan Antonio Daza Rojas)
Esta imagen, tomada en abril de 1949, muestra una de las primeras etapas de obra de captación en plena ejecución. Hombres trabajando entre piedras, canales improvisados y herramientas rústicas dan testimonio del esfuerzo y compromiso con el desarrollo local. No se trata solo de una obra civil: es una escena de esperanza construida a mano, piedra por piedra, por un pueblo que entendía que el progreso empieza con lo esencial.
Corría el año 1951 cuando, bajo la gestión del alcalde don Eduardo Chamón, ocurrió en Yacuiba un hecho largamente esperado por la comunidad: la llegada del agua potable a los hogares. Un suceso que, más allá de su aspecto técnico, marcó un antes y un después en la vida cotidiana de los yacuibeños. Hasta entonces, el agua que abastecía al pueblo fluía por viejos acueductos, administrados por el recordado panadero don Juan Choque, quien, según se comentaba entre murmullos de vecinos, solía privilegiar su terreno y su panadería, relegando por horas —incluso días— las necesidades urgentes del resto del vecindario.
Fuera esto verdad o no, lo cierto es que aquella agua, expuesta al polvo y la intemperie, no era apta para el consumo humano sin previa cocción. Para beber, había que hervirla; para el aseo y la limpieza, se recurría a pozos excavados en los patios de las viviendas, cuando el terreno lo permitía. No se trataba de una situación exclusiva de Yacuiba. Al otro lado de la frontera, en Tartagal, ciudad argentina ubicada a escasos 60 kilómetros y con una población varias veces mayor, el agua también corría por las acequias en condiciones similares. En todo el Chaco, el acceso al agua potable era más un privilegio que un derecho. La opción más limpia, aunque limitada, era el agua de lluvia que se recolectaba en turriles bajo los techos de calamina. Esa agua, guardada con celo, se destinaba a los usos más esenciales tras ser hervida cuidadosamente.
Fue entonces que el alcalde Chamón, con visión de futuro y compromiso con su pue-blo, impulsó un proyecto pionero: la instalación de cañerías para conducir el agua desde las serranías hasta el corazón mismo del pueblo. Así, el líquido vital dejó de correr por la calle para brotar con dignidad desde las canillas de los hogares. Este avance no solo representó un salto en la calidad de vida, sino también el inicio de una transformación sanitaria profunda: se dejaron atrás los pozos ciegos, las enfermedades derivadas de la insalubridad y esa constante incertidumbre que significaba depender del clima o de terceros para algo tan esencial como el agua.
La importancia de esta obra trasciende lo local. En ninguna otra zona del Chaco boliviano se había logrado algo similar hasta entonces. Recordemos que, durante la Guerra del Chaco, tanto soldados bolivianos como paraguayos combatieron en condiciones inhuma-nas, dependiendo exclusivamente del agua de riachos y quebradas, en medio de lo que la prensa internacional de la época no dudó en llamar el «Infierno Verde». En ese contexto, resulta aún más admirable que una región tan golpeada por la historia comenzara, por fin, a mirar hacia un porvenir más digno. Con la llegada del agua corriente, Yacuiba dio su primer gran paso hacia el progreso. Hoy, con una población que supera las cien mil almas, no cabe duda de que este hito fue piedra angular de su desarrollo.
La obra del alcalde Chamón fue más que una solución técnica: fue una semilla de esperanza, un símbolo de transformación profunda para toda la región chaqueña. Rendir homenaje a su gestión no solo es justo, sino necesario. Porque aquel acto de liderazgo, surgido del compromiso con su pueblo, marcó el rumbo de lo que vendría después. (Trabajo realizado sobre un artículo publicado en “Yacuiba: Retazos Pueblerinos” de Pedro Ángel Coto, titulado “Eduardo Chamón: Por fin, el agua corriente”).