Estilo de vida

El dueño de la verdad: todos estamos equivocados, pero también todos estamos en lo cierto

En tiempos de incertidumbre la necesidad de aferrarnos a algo que para nosotros sea verdad se acrecienta. Mientras el mundo en el que crecimos se transforma a velocidades insospechadas, nos urge encontrar lugares en los cuales hacer pie.

En el medio de la simultaneidad de procesos que estamos haciendo de forma individual y colectiva, encontrar un tiempo y un espacio donde poder quedarnos quietos, sentirnos a salvo, y tomar fuerza para el próximo movimiento, no es tan simple.

En ocasiones, el afuera se vuelve demasiado hostil. La respuesta ya la sabemos. Necesitamos construir ese refugio dentro de cada uno y, si es posible, crear otros espacios para sabernos cuidados junto a los seres que amamos. Es hermoso escribirlo y pensarlo, pero lograrlo es un desafío permanente. Recuperar un estado de paz y liviandad en ocasiones es una de las mayores osadías a las que podemos atrevernos en este tiempo.

Los cambios que se precipitan sin cesar, están despertando miedos irracionales en millones de personas. Las preguntas que estamos obligados a hacernos para encontrar nuevas y mejores respuestas se perciben como amenazas. Para muchos es muy difícil sentir que tanto movimiento de desconstrucción, es oportunidad. Se experimenta como un castigo, se relata con ese tono melancólico de una añoranza sepia que los convence de que todo tiempo pasado fue mejor.

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Cuanto más se transforma el mundo conocido, más fuerza de resistencia emerge y se manifiesta en una violencia difícil evitar.

Podemos observarlo en lo colectivo con obviedad. Hay algo sucediendo que se replica como fractal. Conocemos y observamos a través de todas las pantallas, la creciente tensión mundial. Percibimos la inquietud en nuestra sociedad. El fanatismo del tipo que sea se hace evidente. Los debates se exacerban y en nuestros grupos de pertenencia las conversaciones en las que no hay acuerdo se tornan imposibles.

Hay amigos que por sostener sus verdades llevan las relaciones al límite y no se vuelven a hablar. Muchas familias empiezan a evitarse. Y esa tensión también nos atraviesa de forma individual. La portamos en el interior de cada uno de nosotros. A veces está en latencia, adormecida, hasta que aparece un estímulo inesperado y entonces todo lo que hemos contenido se manifiesta de una forma de acciones y respuestas desmesuradas.

Los cambios que se precipitan sin cesar, están despertando miedos irracionales en millones de personas.

Ávidos de certezas que nos devuelvan algo de paz y que reafirmen quienes somos y qué elegimos, damos batallas sin sentido por imponer nuestra verdad sin recordad que todos estamos equivocados y en lo cierto a la vez.

Aceptar la mirada del otro para evitar el enfrentamiento. (Foto: Adobe Stock)
Aceptar la mirada del otro para evitar el enfrentamiento. (Foto: Adobe Stock)

¿Qué es un elefante?

Me encanta esta paradoja. Me desafía, me cuestiona y me enfrenta sin anestesia con todas las cosas que en este momento siento como una verdad. Cuando puedo detenerme frente al incesante devenir de situaciones, recordar que estoy en lo cierto y equivocada a la vez me regresa a un estado interno de tolerancia con las actitudes y opiniones de otros que muchas veces que me hacen enojar. No es fácil, pero es posible y cuanto más lo practiquemos, mayor amplitud y profundidad tendremos para encarar el día a día.

Estar en lo cierto y equivocados a la vez, es una especie de moraleja de un cuento hindú muy interesante y provocativo que deriva en una pregunta que necesitamos hacernos la mayor cantidad de veces que nos sea posible. ¿Quién tiene la verdad?

Cuenta la historia que un día seis sabios hindúes quisieron saber qué era un elefante pero, como eran ciegos, decidieron develarlo a través del tacto. El primero en tocar al elefante, acarició su lomo y dijo: “Ya sé como es un elefante, es como una pared”.

El segundo, palpando el colmillo, afirmó: “Esto es muy puntiagudo y liso. Lo tengo claro. Un elefante es como una lanza”.

El tercero tocó la trompa retorcida y tuvo certeza: “El elefante es como una serpiente”.

El cuarto extendió su mano hasta la rodilla del animal y lo entendió: “Es muy claro, el elefante, es como un árbol”.

El quinto, que tocó una oreja y con sobrada certidumbre dijo: “Cualquiera se daría cuenta de que el elefante es como un abanico”.

El sexto, acarició la oscilante cola y aseguró: “El elefante es algo muy parecido a una soga”.

Los ciegos debatieron largo y tendido, cada uno muy convencido defendiendo su opinión. Aunque todos estaban parcialmente en lo cierto, ninguno tenía razón.

El dueño de la verdad

¿Quién tiene la verdad? ¿Quién está equivocado? Podemos volver a estas preguntas una y otra vez y obtener una respuesta diferente cada vez que nos obliguemos a reflexionar sobre ellas.

Si estamos resolviéndonos desde el ego, es muy simple y también muy peligroso. La verdad es la mía. La puedo justificar. Toque al elefante. Lo sentí. Puedo dar testimonio de que es algo muy parecido a eso que yo conozco. De esa forma lo puedo entender y explicar.

Lo que no sé es que solo pude acceder a una parte del elefante. Que el elefante es mucho más que eso que puede percibir. Es algo superior a lo que mis sentidos alcanzan a percibir y quizás también algo que no pueda terminar de explicar porque si lo veo en su totalidad, no encontraré una analogía a nada conocido.

Las otras cinco explicaciones y analogías también son válidas y pueden ser verdad en parte. Cada uno lo refiere a su mundo conocido y a sus experiencias, hasta donde su conocimiento puede acceder, en este momento.

¿Y si todos estamos en lo cierto? ¿Y si todos estamos equivocados? ¿Qué derecho tengo yo a interferir sobre la percepción de la otra persona? Por qué me esfuerzo en convencer al otro de que lo que yo considero es también una verdad para él?

¿Podemos convivir en paz aceptando nuestras perspectivas diferentes? ¿Podemos evitar la pulsión de intentar imponer nuestra verdad? Es tan importante que todos acordemos lo que en verdad es un elefante?

Si nos detenemos a reflexionar sobre nuestras propias experiencias, ¿por cuánto tiempo creímos que las cosas solo podían ser de una manera, que nuestra forma era la correcta, que aquello que decidimos establecer como las propias reglas deberían regir la vida de todos los demás?

¿Cuánto hemos modificado nuestra percepción sobre aquello que nos tocó vivir?¿Cuantas veces nos cuestionamos decisiones y acciones tomadas tiempo atrás porque éramos un poco más ignorantes, mas ingenuos, mas cobardes?

“Si lo hubiese sabido antes, si me hubiese permitido poder pensarlo desde otra perspectiva, si en ese entonces hubiera tenido la lucidez y de accionar de otra forma”. Nos hacemos tantos reproches internos hacia atrás. ¿Por qué hoy nos seguimos comportando como si las conclusiones de este presente fueran la gran verdad revelada?

Vamos a seguir cambiando. El entorno nos ofrecerá otras posibilidades y quizás nos sigamos sorprendiendo de las nuevas formas que tendremos de comprender las realidades que aún no sabemos que son posibles.

Necesitamos practicar tolerancia hacia nosotros mismos y hacia los demás. Urge poder convivir en el desacuerdo, en las diferentes visiones, con las diversas verdades. Por supuesto hay límites y ciertas intolerancias protegen nuestra vida. Sin embargo, haciendo a un lado aquello que es medular, podría ser muy evolutivo para cada uno y para nuestros grupos de pertenencia, sabernos ciertos y equivocados a la vez.

Recordar que somos una infinidad de consciencias, un resultado de experiencias, caracteres, estados, y herencias, que se entrecruzan y que nos hacen únicos, puede ayudarnos a tomar perspectiva sobre la forma de andar nuestro propio camino y para suspender el juicio sobre aquello que están haciendo lo demás.

Vamos a seguir cambiando. El entorno nos ofrecerá otras posibilidades y quizás nos sigamos sorprendiendo de las nuevas formas que tendremos de comprender

Defendemos con vehemencia nuestras ideas porque nos identificamos con ellas. Sin embargo, cuántas veces, a lo largo de nuestra vida nos dijimos: “Si lo hubiese sabido antes”, “pensar que siempre estuve tan convencida que había que hacerlo de esta forma”.

Algo sucede como inicio o como resultado de un camino evolutivo y así entonces podemos resignificar muchas cosas de nuestro pasado. Quizás ese mismo proceso nos encuentre de nuevo para cuestionar aquello de lo que estamos tan convencidos hoy.

Hace algunos años estaba por tomar una decisión importante en mi vida que iba a impactar en la vida de personas que quería mucho. Estaba muy angustiada. Me sentía responsable de hacerles por un momento de dolor. ¿Y si eso que para mí era una sanación hacia mi propia coherencia, a los demás les arruinaba la vida? Una mujer muy sabia, detuvo mi relato de anticipación a una gran crisis, me miró con amorosidad y me preguntó ¿Qué sabes lo que el alma de la otra persona necesita?

Fue una lección de humildad.

Desde ese entonces, llevo su pregunta de forma permanente cada vez que me siento portadora de una verdad y en cada ocasión en la que soy tomada por la pulsión de emitir un rápido juicio sobre una situación. ¿Qué puedo saber yo lo que el alma del otro necesita?

Estar en lo cierto y estar equivocada a la vez, también me funciona como una inspiración y como una esperanza de futuro. Añoro que el nuevo tiempo que se empieza intuir, se manifieste al fin y nos haga dar cuenta lo equivocados estábamos hoy creyendo que estas formas de vivir eran las únicas posibles. Que las verdades que portamos sean ciertas solo para este momento y para este estado de conciencia.

Que así sea.

tn

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