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Cartas, pistas en clave y cinco crímenes impunes: Zodíaco, el asesino que cazaba a sus víctimas

Los casos ocurrieron entre 1968 y 1969 en Estados Unidos. Al principal sospechoso, nunca pudieron encontrarle ningún vínculo con los hechos. Incluso, en una oportunidad, lo interrogaron como testigo cuando huía de la escena de uno de los homicidios.

El cuerpo del taxista Paul Stine, la última víctima de Zodíaco.
El cuerpo del taxista Paul Stine, la última víctima de Zodíaco.

El aire fresco de diciembre lo hacía temblar, a pesar de que no era tan crudo como otras veces. Lo que le ocurría a David Arthur Faraday era que, aparte del fresco del 20 de diciembre de 1968, su cuerpo sentía el estremecimiento de su primera cita. El era un estudiante de 17 años de Vallejo High y se encontraría con Betty Lou Jensen, una menuda y bonita estudiante de 16 años. David, por su parte, se había vestido de “gala”: pantalones de pana marrones, camisa celeste de manga larga, obvio, botas de cuero y un abrigo tipo detective de color beige. Llevaba con orgullo su anillo de clase de metal amarillo en el dedo medio de su mano izquierda. Su corto cabello castaño estaba peinado cuidadosamente sobre su frente. Betty Lou lucía el cabello castaño largo y lacio, que enmarcaba su rostro y caía sobre sus hombros. Llevaba un vestido corto con puños y cuello blancos. Y un abrigo blanco. Tenía ojos oscuros y magnéticos. Betty Lou en más de una ocasión se había sentido nerviosa al ser observada y seguida por alguien en la escuela.

Se encontraron a los 20.30. David llegó puntual con su camioneta Rambler color beige modelo 1961. El le prometió que a las 23 la dejaría nuevamente en su casa. Primero fueron hasta la casa de Sharon, amiga de Betty, pero la visita fue muy breve. La pareja no le dijo dónde iría a continuación. A las 22.30, David detuvo el Rambler en un lugar frecuentado por parejas, que solía ser inspeccionado por la Policía para advertirles a los jóvenes que se retiraran porque ese era un lugar aislado y peligroso. David se detuvo cerca de la entrada principal de la estación de bombeo de la carretera del Lago Herman. Trabó las puertas y reclinó los asientos. No había luces alrededor, solo algunas granjas y las colinas. Media hora después apareció otro automóvil que, insólitamente, no pasó de largo el coche de David sino que se detuvo a su lado. Los chicos no pudieron ver la cara de su conductor aunque distinguieron la silueta de un hombre robusto. En eso, pasó otro auto, que no reparó en los que estaban detenidos sino que siguió su camino. El conductor del otro auto bajó la ventanilla y le dijo a Betty Lou que descendieran del vehículo. Como los jóvenes se negaron, el tipo les mostró un arma. El que descendió fue ese hombre corpulento y extraño. Caminó alrededor del automóvil de los jovencitos. De golpe disparó a través de la ventana trasera derecha. Se movió a la izquierda y disparó otra vez en la llanta izquierda. David y Betty Lou buscaron salir rápidamente del coche del lado del acompañante. De golpe se encontraron que el desconocido los esperaba de ese lado. Betty Lou salió corriendo, aterrorizada. David aún no había abandonado el auto. Cuando estaba por lograrlo, sintió el caño del arma del extraño detrás de su oreja izquierda. El balazo destrozó la cabeza de David. Betty Lou corrió, gritó, se cayó, se incorporó, se volvió a caer, se reincorporó, avanzó. Estaba a ocho metros y medio de distancia cuando el desconocido, que la perseguía, le disparó cinco veces por la espalda. David seguía con vida pero no lograría sobrevivir. El asesino subió a su auto y se fue, despacio.

El cuerpo sin vida de Betty Lou Jensen.
El cuerpo sin vida de Betty Lou Jensen.

Las balas calibre .22 que mataron a David y a Betty Lou no era munición común. Winchester las produjo solamente en 1967.

Una larga sombra comenzaba a caer sobre el norte de California

Darlene Elizabeth Ferrin tenía el cabello rubio. A los 22 años, se había casado dos veces y tenía una beba. Todo el mundo sabía que le había sido infiel a su primer marido y que le era infiel a su segundo esposo. El viernes 4 de julio de 1969, se preparó para “salir de fiesta” con uno de sus amantes, Michael Mageau. El problema era su hija. Cerca de la medianoche llamó a su casa para decirle a su niñera si se podía quedar más tiempo porque ella tenía que comprar un encargo que le había hecho su marido. La niñera aceptó y Darlene fue a buscar a Michael para irse a pasar un rato en el campo de golf de Blue Rock Springs, uno de esos lugares donde a la noche solían verse autos estacionados con las luces apagadas. Era un sitio elegido por las parejas para “pasar el rato”. Aún no habían llegado al campo de golf cuando un automóvil comenzó a seguirlos. Eran las 23.55. Darlene y Michael se dieron cuenta que tenían un perseguidor y aceleraron. El coche del desconocido hizo lo mismo. Darlene, que conducía, logró llegar hasta el campo de golf pero estaba tan nerviosa que perdió el control y chocó contra un árbol. El auto ya no volvió a arrancar. Estaban a veinte metros de la entrada al campo. Esa noche, al contrario de lo que ocurría habitualmente, no había ningún auto estacionado en los alrededores. Era el 4 de julio, Día de la Independencia de los Estados Unidos, y casi todos estaban reunidos con sus familias. Solo Darlene y Michael estaban en ese oscuro lugar, y, pronto, su perseguidor.

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El extraño se estacionó detrás de ellos e iluminó a la pareja con los faros de su automóvil. Darlene y Michael creyeron por un instante que se trataba de la Policía. El conductor del vehículo que los iluminaba descendió y se acercó hacia el auto de la pareja del lado del acompañante. ¿Por qué de ese lado? Sólo porque la ventanilla de ese lado estaba baja. El hombre llevaba una linterna y primero alumbró a Michael. La pareja recibió cinco disparos. El desconocido se dio por satisfecho y regresó a su coche cuando Michael pegó un fuerte grito de dolor. El asesino se detuvo. Regresó. Disparó cuatro veces más, un tiro se perdió, dos remataron a Darlene y el último dio en Michael, que ya no emitió ningún sonido. El extraño finalmente subió a su coche y se fue lentamente del lugar. Michael estaba vivo. Se arrastró fuera del coche. Tenía las mejillas y la lengua traspasadas por un balazo. Ya no tenía más fuerzas. Al rato, pasaron por allí tres muchachos. Fueron ellos los que llamaron a la Policía y a una ambulancia. Michael finalmente sobrevivió. Describió al criminal como un tipo blanco, corpulento, de anteojos, de unos veintiséis a treinta años, de cabello castaño claro corto al estilo militar.

Las llamadas y las cartas del asesino del zodíaco

Faltaban veinte minutos para la 1 del 5 de julio. El desconocido fue hasta un teléfono público cercano a la comisaría de la ciudad de Vallejo, y llamó a la Policía. Nancy Slover, la telefonista, diría después que el tono de voz del hombre era tranquilo, sin emoción alguna se diría, monótono. Dijo: “Quiero informar de un doble asesinato. Si recorren un kilómetro y medio en dirección este por la avenida Parkway hasta el parque público, hallarán a dos jóvenes en un coche marrón”. Impresionada, Nancy intentó interrumpirlo para que le diera más información pero el tipo siguió hablando como si no escuchara a la telefonista, aunque ahora levantó la voz: “Han sido abatidos con una Luger de 9 milímetros. También maté yo a los chicos del año pasado. Adiós”.

Dean, el marido de Darlene, llegó a su casa con algunos compañeros para celebrar el 4 de Julio. Cuando ya comenzaba a preocuparse por la ausencia de Darlene sonó el teléfono a la una y media de la madrugada. Un amigo de Dean contestó y solo escuchó unos jadeos. Lo mismo pasó en lo de los padres de Dean, quienes quince minutos después recibieron una llamada en la que solo escucharon jadeos. Finalmente el teléfono volvió a sonar en casa de Dean y otra vez se escucharon solamente jadeos. Pensó que era una broma hasta que al rato una patrulla llegó hasta su casa y le informó que su mujer había sido asesinada. Los jadeos, pensó la Policía, eran del asesino.

Una de las cartas de Zodiaco enviadas a la prensa
Una de las cartas de Zodiaco enviadas a la prensa

El desconocido envió tres cartas idénticas, ya el viernes 1 de agosto, a los periódicos The San Francisco Examiner, San Francisco Chronicle y Vallejo Times-Herald. En cada una el remitente se adjudicaba los ataques a los cuatro jóvenes, daba detalles de esos homicidios, incluía una sección escrita en lenguaje cifrado y firmaba con un signo: un círculo tachado por la cruz, que pasaría a caracterizarlo. Pero, además, el criminal utilizó esas cartas para buscar fama. Contenían mensajes cifrados. Además, exigía que cada periódico publicara la carta porque si no lo hacían doce personas, elegidas al azar, morirían ese mismo fin de semana. Las deliberaciones en los diarios fueron frenéticas. ¿Y si se trataba de un farsante? ¿Si era el asesino y cumplía con su promesa? Las cartas se publicaron (aunque no íntegramente por pedido de la Policía). De inmediato todo el mundo se dedicó a descifrar las palabras en clave.

El codigo de Zodìaco
El codigo de Zodìaco

Cada periódico envió a la Policía fotocopias de la carta recibida con el mensaje cifrado. Cada tercio del mensaje tenía ocho líneas con diecisiete símbolos por línea y, a su vez, los símbolos eran variados: símbolos griegos, meteorológicos, símbolos de código Morse, señales marítimas, signos astrológicos y letras del alfabeto ordinario. Entretanto el jefe de la Policía de Vallejo, Jack Stiltz, pidió públicamente al autor de las tres cartas que mandara otra con más datos para demostrar que él era el asesino. La respuesta fue escalofriante y llegó rápido, el 4 de agosto de 1969, tres días después de las primeras cartas. En esta respuesta el asesino revelaba que su identidad estaba en los códigos anteriores y daba detalles de los crímenes que solo él podía conocer. Además, por primera vez el criminal se autodenominaba como “Zodiaco”, tal y como se lee en este fragmento de la respuesta a Stiltz. “Estimado director, Zodíaco al habla. Respondiendo a su petición de más detalles sobre lo bien que me lo he pasado en Vallejo, estaré encantado de darle más material. Por cierto, ¿se está divirtiendo la Policía con el mensaje cifrado? Si no, dígales que se animen; cuando lo descifren, me tendrán”.

El codigo de Zodìaco
El codigo de Zodìaco

El código de Zodíaco, descifrado

Zodíaco no sabia que su código había sido descifrado ya, aunque no del todo. Donald Gene Harden tenía 41 años, era profesor de Historia y Economía en el instituto North Salinas y le encantaba descifrar claves desde que era un chico. Él había leído las cartas del asesino Zodíaco y un domingo a la mañana en lugar de descansar se puso a analizar el criptograma de Zodíaco para no aburrirse. Tenía un viejo manual de Criptografía. Tras darle vueltas al asunto concluyó que se encontraba frente a una “clave de sustitución”, donde cada letra del alfabeto era sustituida por un símbolo, una letra o una figura. La dificultad estaba en que Zodíaco había usado tantos y tan variados símbolos que era casi imposible sustituir uno por uno, por lo que Harden tuvo que idear su propio método para hallar elementos iguales, patrones y relaciones. Aparentemente no había manera de saber el orden entre las diversas partes del mensaje. Después de tres horas se sumó su esposa Betty June. Aún entre los dos no avanzaron demasiado. Se hizo de noche.

Entre las teorías que formularon los Harden para desentrañar el acertijo hubo una que era la correcta y la había formulado Betty. Ella creía que el asesino, al igual que tantos otros criminales en serie, debía ser tan egocéntrico como para iniciar el mensaje con un “yo”, y además, casi de seguro la primera frase sería algo como “me gusta matar”. En efecto, todo comenzó a marchar mejor cuando probó con “I like killing people” como frase inicial. Por otra parte, los Harden se dieron cuenta que el asesino había escrito el símbolo de la Q al revés para hacer pensar que era una E, que había cometido faltas ortográficas a propósito, usado siete símbolos distintos (mediante un sistema de rotación) para la E y hacer que dos símbolos puedan ser la A o la S indistintamente. Además, había aplicado mal su propia clave en ciertos puntos del mensaje, lo cual también podría ser intencionado.

Después de veinte horas los Harden llegaron a la conclusión de que la casi totalidad (nunca pudieron descifrar la última parte) del mensaje debía ser literalmente así, aún con faltas de ortografía: “Me gusta matar gente porque es muy divertido. Es más divertido que cazar animales salvajes en el bosque porque el hombre es el animal más peligroso de cazar. Algo hace que sea la experiencia más emocionante, es incluso mejor que fornicar con una chica. Lo mejor es que cuando muera renaceré en el paraíso y los que he matado serán mis esclavos. No diré mi nombre porque intentarían reducir o parar mi colección de esclavos para el más allá EBEORIETEMETHHPITI”.

Las cinco víctimas de Zodíaco
Las cinco víctimas de Zodíaco

Donald Harden llamó al editor nocturno del San Francisco Chronicle y le informó que había resuelto el misterio. El periodista no le creyó una palabra porque ya otros habían enviado sus supuestas soluciones. Harden, sin embargo, mandó la suya por correo. Todas las respuestas al acertijo planteado por Zodíaco fueron a parar a manos de profesionales que deberían determinar cuál de las soluciones era la correcta. Fueron los expertos de Inteligencia Naval quienes concluyeron que el proceso que los Harden habían seguido era el correcto. Tan perfecto era su procedimiento que su solución se publicó y pasó a convertirse en la interpretación oficial e indiscutida de la parte del mensaje que consiguieron revelar, cosa que jamás sucedió con la secuencia de letras “EBEORIETEMETHHPITI”, nunca descifrada.

Zodíaco no había concluido sus matanzas

El ataque a Cecilia Ann Shepard, de 22 años, y Bryan Calvin Hartnell, de 20, se produjo el 27 de septiembre de 1969, y fue el más emblemático de todos los crímenes del Asesino del Zodíaco. Entonces, a orillas del Lago Berryessa (cerca de Napa, en California), Cecilia y Bryan disfrutaban de un picnic bajo la sombra de dos robles que, aislados del pequeño bosque, crecían sobre una península (en este caso, una parte de la orilla que sobresalía y se adentraba un poco en el lago). Era de tarde y no había gente alrededor. Cecilia se puso nerviosa al ver, a lo lejos, al otro lado del agua que rodeaba el lado derecho de la península, la silueta de un hombre corpulento de cabello castaño. De golpe la figura desapareció, pero poco después salió del bosque y empezó a caminar lentamente hacia ellos. Se detuvo detrás de un roble y se puso un traje que mostraba con claridad qué era y a qué había ido. Su apariencia era la de un verdugo. Tenía una capucha ceremonial negra y cuadrada, cosida por los lados y plana en la parte de arriba. La capucha, que en la cabeza apenas tenía aberturas para los ojos (cubiertos por anteojos de sol) y la boca, le bajaba por los hombros, no tenía mangas y le cubría el pecho que, sobre el negro de la tela, tenía grabado en blanco un círculo tachado con una cruz griega cuyas puntas sobresalían del círculo. Aparte, el hombre llevaba mangas largas atadas en las muñecas, pantalones metidos en las botas, un cuchillo de 30 centímetros, una pistolera y cuerdas de plástico blanco.

La figura tenía el brazo derecho extendido, apuntando con una pistola de color azul metálico. Se aproximaba, lento, hacia Cecilia y Bryan, que quedaron inmóviles frente a semejante figura. El extraño habló: “Quiero el dinero y las llaves del coche. Quiero el coche para ir a México”. Bryan le dio las llaves y el poco dinero que tenía. El encapuchado se guardó el dinero, tiró las llaves y se guardó también la pistola. Volvió a hablar: “Soy un preso fugado de Der Lodge, en Montana. Maté a un guardia de la cárcel. Tengo un coche robado y nada que perder. Estoy totalmente sin dinero. No te hagas el héroe conmigo. No intentes agarrar la pistola”. Entonces, apuntando con el cuchillo, les mostró una cuerda blanca y le ordenó a Cecilia que atase a Bryan, tras lo cual el propio verdugo ató a Cecilia y apretó los nudos de Bryan para cerciorarse de que éste no huyera. Estando atado, Bryan le preguntó a Zodíaco si el arma tenía balas. El asesino le mostró que sólo tenía una bala. “Voy a tener que apuñalarlos”, dijo Zodíaco. Se puso detrás de Bryan, se arrodilló y lo apuñaló varias veces en la espalda mientras Cecilia observaba fuera de sí. Cuando el asesino levantó el puñal para atacarla, Cecilia reaccionó poniéndose boca arriba pero el asesino le hundió con rapidez el cuchillo en el estómago, luego la apuñaló en cada pecho, en la ingle y otra vez en el estómago, y siguió así, hasta completar su símbolo (el círculo tachado por la cruz) con veinticuatro puñaladas.

Mensaje escrito por Zodiaco en la puerta del vehículo de una de sus víctimas.
Mensaje escrito por Zodiaco en la puerta del vehículo de una de sus víctimas.

Zodíaco se paró, tiró el dinero y las llaves junto a los cuerpos de las víctimas, se alejó caminando y después, cuando estaba en la carretera, se detuvo junto al auto de Bryan y grabó en la puerta del copiloto su símbolo y abajo del símbolo este mensaje: ‹‹Vallejo 12 – 20 – 68/7 – 4 – 69/Sept 27 – 69 – 6:30/by knife››. Después desapareció.

Cecilia seguía viva y había recuperado la conciencia. Ambos pidieron socorro a gritos y después Bryan se dio la vuelta para morder las cuerdas, que estaban resbalosas de tanta sangre, que ataban las muñecas de Cecilia. Con las manos libres Cecilia pudo desatarle las manos a Bryan. Estaban malheridos y no podían moverse. Un pescador chino y su hijo pasaron por ahí y los escucharon gritar. Solamente Bryan sobrevivió.

Mientras sus víctimas agonizaban, Zodíaco llamó, alrededor de las 19.30, a la Comisaría de Napa. Dijo: “Quiero dar parte de un asesinato; no, de un doble asesinato. Se encuentran tres kilómetros al norte del cuartel general del bosque. Estaban en un Volskwagen Karmann Ghia blanco. Soy el que lo ha hecho”.

El último crimen de Zodíaco y la confusión policial

El taxista Paul Lee Stine de 29 años fue asesinado por Zodíaco el día 11 de octubre de 1969. Stine pasó por el restaurante Pinecrest cuando un hombre robusto le hizo señas. El hombre le pidió a Stine que lo llevara a la calle Washington y Maple en el barrio residencial de Presidio Heights. Stine arrancó. En la calle Washington, había varias mansiones. Ya en el cruce con Maple, el pasajero le pidió al taxista que avanzara otra cuadra más. Se detuvo entre dos árboles, delante de la casa número 3898 de la calle Washington. El pasajero le puso a Stine una pistola en la mejilla derecha y disparó, perforándole el cráneo en cuatro partes. Zodíaco bajó, volvió a entrar al taxi por la puerta del conductor y se puso la cabeza de Stine en el regazo mientras tomaba su cartera y le arrancaba un pedazo de camisa. Pero Zodíaco no sabía que tres jóvenes lo habían visto desde la ventana del segundo piso de la casa que estaba frente al taxi, al otro lado de la calle. Los jóvenes llamaron a la Policía y describieron al asesino como un hombre blanco de 25 a 30 años de edad, robusto y con el cabello cortado al estilo militar. El gran problema fue que el operador de la Policía anotó “adulto negro” en vez de “adulto blanco”. Una patrulla encontró, cerca del lugar del crimen de Stine, a un hombre robusto que caminaba lentamente. Los policías Donald Foukes y Eric Zelms le pegaron un grito y le preguntaron si había visto algo extraño o sospechoso. Lo interrogaron rápida y brevemente, es decir que ni se dieron cuenta que llevaba sus ropas manchadas con sangre. El hombre corpulento les respondió que había visto a un tipo con un arma de fuego corriendo hacia el este por la calle Washington. Los patrulleros tenían en mente que el criminal al que buscaban era un “adulto negro”. Los policías creyeron que el hombre blanco y robusto con el que hablaban era un testigo apenas y se fueron hacia el este por Washington: nunca supieron que ese hombre era Zodíaco.

Camisa ensangrentada de la ultima victima de Zodíaco, el taxista Stine.
Camisa ensangrentada de la ultima victima de Zodíaco, el taxista Stine.

Al día siguiente, Zodíaco envió una encomienda al San Francisco Chronicle. Decía: “Zodíaco al habla. Soy el asesino del taxista en la esquina de Washington con Maple ayer por la noche, para demostrado aquí está un trozo de su camisa manchada de sangre. Soy el mismo hombre que mató a las personas de la zona norte de la bahía. La Policía de S.F. me podría haber detenido ayer a la noche si hubiera registrado bien el parque en vez de hacer carreras con sus motos a ver quién hacía más ruido…. Creo que una mañana me voy a cargar un autobús escolar. Dispararé a la rueda delantera y luego liquidaré a los niños cuando salgan dando saltitos”. Junto a la carta citada había un trozo de tela ensangrentada. Tras analizarlo, la Policía confirmó que la sangre era del taxista Paul Stine.

Zodíaco siguió comunicándose durante 1970 por medio de tarjetas postales y cartas que mandaba a la prensa. El 27 de octubre de ese año envió otra carta al San Francisco Chronicle amenazando de muerte al periodista Paul Avery que había firmado artículos insultando a Zodíaco. Aquella carta fue el inicio del fin de la carrera de Avery. El periodista se obsesionó con la idea de que en cualquier momento podía ser asesinado e iba de aquí para allá con una pistola en la cintura; angustiado, comenzó a beber de más y su carrera profesional se hundió para siempre.

Los crímenes de Zodíaco en los diarios de la época.
Los crímenes de Zodíaco en los diarios de la época.

El silencio de Zodíaco

Después de la misiva amenazante contra Avery, Zodíaco desapareció durante más de tres años. Su silencio fue absoluto hasta el 29 de enero de 1974, cuando mandó una carta que elogiaba la película “El Exorcista”. El San Francisco Chronicle recibió otras cartas ese año pero no es seguro que todas hayan sido escritas por Zodíaco o acaso ninguna de ellas lo fuera, pues ya no se identificaba como Zodíaco sino como “un ciudadano” o “fantasma rojo”. Desde entonces, volvió el silencio, hasta el 24 de abril de 1978. Otra vez el San Francisco Chronicle recibió una carta que los especialistas afirman que “muy probablemente” fuera del asesino desconocido. Decía: “Querido Editor: Zodíaco al habla. Estoy otra vez con ustedes. Dígales a todos que estoy aquí, que siempre he estado aquí. Ese cerdo de Toschi (por el detective de San Francisco David Toschi, que trabajó durante años en el caso Zodíaco) es bueno, pero yo soy más inteligente y a lo mejor él se cansará y me dejará en paz. Estoy esperando una buena película sobre mí. ¿Quién hará mi papel? Ahora yo lo controlo todo. Atentamente: adivínelo”.

El detective David Toschi investigó los crímenes de Zodíaco.
El detective David Toschi investigó los crímenes de Zodíaco.

La Policía tuvo su sospechoso número uno. Se llamó Arthur Leigh Allen. Increíblemente había sido denunciado por su propia familia ya en 1971. Allen había nacido en 1933. Su parecido con el identikit de Zodíaco era notable. Sus familiares habían notado que se mostraba cada vez más errático y antisocial. Se había ido a vivir a una casa rodante que no tenía ruedas, en donde nadie podía visitarlo. Su madre, su hermano y una cuñada sospechaban de él. Esta última aseguró haber visto una carta con “símbolos extraños” que el hombre escondía en una caja metálica y que, más tarde, asociaría con las criptografías de Zodíaco aparecida en los diarios. La misma mujer aseguró haber visto unos cuchillos ensangrentados en el vehículo de Allen, justamente el día de uno de los crímenes de Zodíaco. Arthur le dijo que los usaba para “matar pollos”. La Policía reforzó sus sospechas cuando se supo que Allen había estado en la Marina y tenía conocimientos de lenguaje cifrado.

Cartel de búsqueda con el identikit de Zodíaco.
Cartel de búsqueda con el identikit de Zodíaco.

Allen encajaba en el perfil que la policía había elaborado del psicópata, pero todas las pruebas eran circunstanciales. Decidieron visitarlo en su casa rodante. Allen no estaba pero como la puerta se encontraba abierta los detectives no resistieron la tentación y entraron, aunque no tenían orden de allanamiento. El lugar parecía un basurero y el olor era insoportable. Había animales muertos, circunstancia que Allen explicaría luego al afirmar que estudiaba biología y que tenía un permiso para experimentar con animales pequeños. De golpe los detectives escucharon el ruido de un motor acercarse. Salieron rápidamente. Se trataba de Allen.

Arthur Leigh Allen, el principal sospechoso, jamás detenido por los crímenes de Zodíaco.
Arthur Leigh Allen, el principal sospechoso, jamás detenido por los crímenes de Zodíaco.

El sospechoso llevaba un anillo con una “Z” y, además, un reloj suizo marca “Zodiaco”, que tenía como logo un círculo y la cruz, la firma del asesino. Durante mucho tiempo, la policía dedujo que el círculo y la cruz representaban la simplificación de una mira, como la de un rifle o un revólver Las pruebas seguían siendo circunstanciales. No se encontró evidencia que relacionase a Allen con los asesinatos. Ni sus huellas coincidían con las escasas pistas que había dejado el asesino en las cartas. La policía interrogó a Allen muchas veces y no consiguió nada. Allen murió en 1992.

Hasta la actualidad no se ha podido establecer la identidad de Zodíaco.

TN

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